lunes, 6 de abril de 2020

“HOGAR”. LOS EXTRAÑOS SON LOS OTROS.



Los Hermanos Pastor debutaron en 2009 con “Infectados” (qué título más adecuado para estos tiempos), una producción estadounidense con un prometedor Chris Pine, aún lejos de ponerse el uniforme del Capitán Kirk. Las expectativas causadas por este título y su siguiente película, “Los Últimos Días”, hacían presagiar una prolífica carrera a estos dos cineastas. Desgraciadamente, desde entonces, y con la salvedad de “Eternal”, donde sólo ejercían de guionistas, su filmografía posterior ha pasado sin pena, ni gloria hasta la llegada de “Hogar”, esta producción para Netflix que nos devuelve a los hermanos en plena forma. Comparada por algunos con “Parásitos”, por esa idea del protagonista infiltrándose en la vida de otra familia, a nosotros nos recuerda a otro título bastante más anterior, “De Repente, Un Extraño” (1990), un thriller dirigido por John Schlesinger en el que una joven pareja ve cómo su vida se ve demolida por un misterioso personaje que les alquila una habitación y, sin motivo aparente, les hace la vida imposible. Aquí los Hermanos Pastor nos cambian la perspectiva, y acompañamos a un personaje en su elaborado plan. 
En un principio, podemos comprender la posición del personaje principal. Tras conquistar el éxito, se ve arrastrado al desprecio, por estar en paro, por tener ya cierta edad, por haber triunfado en un momento en el que las nuevas estrellas del mercado aún estaban en primaria. Hay un discurso agrio en la película acerca de la forma en que los ritmos vitales en nuestra sociedad se han acelerado y cada vez más pronto se les cierra las puertas a personas aún con capacidad de trabajar y de aportar nuevas ideas. También nos habla del carácter depredador que el mercado instala en la sociedad, donde, como dice el protagonista, las cosas se hacen “sin pedir permiso y sin pedir disculpas”. La humanidad, los defectos físicos, la capacidad de recomponerte ante un fracaso, de curar heridas o de reconocer los fallos son la sangre que atrae a los tiburones. Sólo la perfección, o la apariencia de ella, es digna de respeto.
Javier Gutiérrez protagoniza este largometraje adquiriendo un rol absoluto, incluso en los momentos en los que comparte escena con Mario Casas o los dos roles femeninos (interpretados por Ruth Díaz y Bruna Cusí), a los que se les echa en falta más desarrollo y presencia (especialmente en el caso de la primera). En este sentido, la excelente interpretación del actor es el centro de gravedad de una cinta cargada de tensión, con giros que van sorprendiendo a cada paso y donde el espectador se pregunta en todo momento si será capaz de cumplir su propósito o si realmente queremos que lo consiga. La dicotomía entre los recelos morales y la empatía que (ante nuestro horror) nos causa el protagonista convierte a “Hogar” en una cinta incómoda de ver, no tanto por lo que sucede, sino por lo que esperamos con interés mórbido que pase. Por otro lado, tenemos algunas tramas secundarias que dispersan la línea principal y que tampoco acaban de tener un gran desarrollo, quedando como episodios puntuales. Es verdad que pueden ser efectistas y ayudan a marcar la evolución psicológica del personaje, pero esto se podía haber integrado perfectamente en la trama principal sin necesidad de divagaciones (por ejemplo, todo lo concerniente al jardinero). 
La puesta en escena de los Pastor es elegante, estilizada, fría y calculadora (tal y como es su protagonista). En este sentido, los cineastas prefieres apostar por un ritmo pausado e ir desenredando poco a poco la trama, a dejarse llevar por un montaje frenético, en el que se confunda efectismo con contundencia. La fotografía de Pau Castejón se encarga de marcar las diferentes capas sociales por las que nos arrastra la historia, usando colores fríos, pero elegantes para ilustrar el éxito, y los colores cálidos, pero apagados, sucios, para definir el fracaso, la pobreza.
Como regreso de los Hermanos Pastor al formato de largometraje, “Hogar” invita al aplauso y la celebración. Esperemos que el éxito que está teniendo en la plataforma ayude a agilizar nuevos proyectos de los cineastas y que no tengamos que esperar siete años para ver su siguiente película.   

miércoles, 1 de abril de 2020

“SONRISAS Y LÁGRIMAS”. COLINAS ETERNAS



Hay dos personajes que nos vienen a la mente cuando recordamos la carrera de Julie Andrews en el cine, uno es Mary Poppins, el otro es Maria, la joven novicia reconvertida en institutriz de los siete hijos del Barón Von Trapp. Con esto no queremos decir que no haya otros roles importantes en su larga trayectoria (ahí está “Victor o Victoria” para atestiguarlo), pero está claro que debutar en la gran pantalla con estos dos iconos es difícil de superar. Hoy 1 de abril se cumplen 55 años del estreno en Estados Unidos de “Sonrisas y Lágrimas” y no se nos ocurre mejor ocasión para dejarnos llevar por las fabulosas canciones de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II que este periodo de confinamiento por el COVID19.
El origen de la historia lo tenemos en la experiencia real de la familia Von Trapp. Maria efectivamente fue la institutriz de los hijos del Barón, viudo desde hacía unos años. Georg Ludwig von Trapp era un importante militar retirado, contrario a la anexión de Austria a la Alemania del Nacional Socialismo hitleriano tras el Anschluss. Debido a esto, lograron huir del país, exiliándose en Italia y posteriormente en Estados Unidos. La historia de amor entre Maria y Georg, la trayectoria artística de toda la familia más tarde conocida como The Trapp Family Singers y su éxodo justo antes de que Hitler cerrara las fronteras de Austria se popularizaron con las memorias de la Baronesa publicadas en 1949. En 1959, esta historia fue adaptada por primera vez al cine en “La Familia Trapp”, una producción alemana dirigida por Wolfgang Liebeneiner (y que llegó a tener una secuela), al mismo tiempo que los populares Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II estrenaban en los escenarios el musical “The Sound of Music”.
Estos dos compositores habían iniciado su colaboración en 1943, encadenando un éxito tras otro. Su primer musical conjunto fue “Oklahoma” de 1943, por el que recibieron un premio Pulitzer especial. Después llegaron, entre otros, “Carousel” (1945), “Allegro” (1947), “South Pacific” (1949) y “El Rey y Yo” (1951). “The Sound of Music” fue su última colaboración debido a que Hammerstein falleció por cáncer de estómago nueve meses después de su estreno en Broadway. La primera representación estuvo protagonizada por Mary Martin como Maria y Theodore Bikel como el Capitán Georg von Trapp. En esta versión ya se encontraban las principales canciones que luego darían el salto al cine. La obra fue tan popular que llegó a contabilizar 1443 funciones, alzándose también con seis premios Tony en 1960.
Entre la popularidad de la familia Trapp en Estados Unidos y el éxito del musical, era cuestión de tiempo que éste llegara al cine. En un principio, los principales estudios en pujar por los derechos fueron Universal y 20th Century Fox, resultando ganadora ésta última. William Wyler y Billy Wilder fueron los primeros directores a los que se les ofreció la película, rechazándola ambos en última instancia, aunque Wyler estuvo un tiempo adherido al proyecto. La Fox pasó entonces a tantear a Robert Wise, quien tenía aún reciente el éxito de “West Side Story” y para el que la posibilidad de volver a trabajar con Saul Chaplin, Ernest Lehman y Boris Leven resultó irresistible. Por su parte, Richard Rodgers compuso dos temas nuevos expresamente para la película, "Something Good" y "I Have Confidence”, reemplazando el primero al tema de amor original "An Ordinary Couple".
Robert Wise es una figura legendaria del cine. Su carrera comenzó como montador en “Ciudadano Kane” y “El Cuarto Mandamiento”, debutando como director en 1944 con “La Venganza de la Mujer Pantera” (secuela de la película del clásico de Jacques Tourneur, “La Mujer Pantera”). En sus 56 años de carrera como director demostró ser un cineasta todo terreno, capaz de afrontar con éxito todo tipo de proyectos, ya fuera un western, una cinta de terror, de ciencia ficción, un musical o un alegato contra la pena de muerte. Entre sus títulos más importantes se encuentran “Nadie Puede Vencerme” (1949), “Ultimátum a la Tierra” (1951), “Marcado por el Odio” (1956), “¡Quiero Vivir!” (1958), “La Casa Encantada” (1963), “El Yang Tse en Llamas” (1966), “La Amenaza de Andrómeda” (1971) o “Star Trek: La Película” (1979), además, de por supuesto, “West Side Story” y “Sonrisas y Lágrimas”. Wise se caracterizó por ser un director elegante, capaz de aportar profundidad e intimidad a historias de corte épico y grandilocuente, además de por ser un excelente director de actores.
El primer reto de la película fue encontrar a la Maria adecuada. Hacía falta una actriz que dominara la parte interpretativa, pero también con la suficiente solvencia musical como para afrontar los exigentes números musicales. Julie Andrews contaba con una excelente reputación en los escenarios. Sus interpretaciones en “Camelot” o “My Fair Lady” la habían lanzado al estrellato; sin embargo era aún una desconocida en el cine. Esa había sido precisamente la razón por la que fue sustituida por Audrey Hepburn en la adaptación cinematográfica de “My Fair Lady”. En aquel momento, Andrews acababa de rodar “Mary Poppins”, pero el impacto que iba a tener esa película aún estaba por descubrir. La propia artista tenía reticencias con respecto al papel de Maria, porque no quería quedar encasillada en el rol de institutriz. Afortunadamente, las dudas por ambas partes quedaron disipadas y la actriz fue la escogida para el papel.
El papel del Capitán fue para Christopher Plummer, quien daba la planta de galán, aparte de ser un actor con una trayectoria más asentada en teatro, cine y televisión. De temperamento cínico, el edulcoramiento de la historia no era de su gusto; aún así, se preparó a fondo para los números musicales. La relación entre los dos actores no fue la más cordial, especialmente por parte de Plummer que encontraba irritante la sensiblería con la que Andrews abordaba su papel. A esto se sumó el hecho de que, pese a sus esfuerzos, finalmente su voz fue doblada en postproducción, como su interpretación con la guitarra en “Edelweiss”. “Sonrisas y Lágrimas” tuvo un efecto positivo en su carrera, lanzándole a la fama, pero esa fama y que, pese a lo extenso de su carrera, aún hoy en día se le siga reconociendo principalmente por esta película son aspectos que siempre han enfurecido al actor. Al menos, tras el fin del rodaje, logró romper sus reticencias hacia Julie Andrews y acabaron siendo grandes amigos.   
Es cierto, tal y como criticaba Christopher Plummer, que “Sonrisas y Lágrimas”, sobre todo desde una perspectiva actual, es una película edulcorada, hasta cursi, repleta de números e interpretaciones cargadas de ingenuidad e idealismo. La interpretación de los niños puede resultar repelente y Julie Andrews desprende demasiado candor. Sin embargo, Robert Wise era perro viejo y sabía lo que hacía. Toda esa luminosidad (obra de la maravillosa fotografía de Ted D. McCord) no es gratuita sino que actúa de contraste con la paulatina entrada en la acción de la sombra del nazismo y la necesidad de la familia de abandonar su casa y su país natal. La historia habla de una época perdida, en la que todavía se podía ser inocente y honorable, algo que moriría con la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, ese número fundamental de “Edelweiss” no es otra cosa que un canto a ese tiempo perdido y que, al igual que su casa, los protagonistas ya no podrán recuperar.
La puesta en escena de Wise es esplendorosa y potente, empezando por ese primer número musical con el que arranca y en el que vemos al personaje de María cantándole a las montañas. Cada canción está rodada de manera única y especial, dándole un gran protagonismo a la parte musical, pero, como también sucedía en “West Side Story”, sin restarle valor a la parte dramática. Pese a su distanciamiento tras la cámara, delante de ella, Andrews y Plummer desprenden química y construyen gran parte de la película gracias a su interpretación.
Candidata a diez Oscars, ganadora de cinco, incluyendo mejor película y mejor director, 55 años después de su estreno la película y las canciones siguen manteniendo su poder de fascinación y de entusiasmo, trasladándonos a ese lugar idílico, impermeable al cinismo y la crueldad del mundo. ¿No es eso lo mejor que una película nos puede ofrecer hoy?

lunes, 30 de marzo de 2020

“KINGDOM”. HONOR Y SANGRE

kingdom temporada 2

Ahora que la ficción surcoreana está de moda y ha entrado por fin en el punto de mira del consumo generalista es el momento de no dejar que el interés decaiga y seguir apostando por esta cinematografía que tiene tanto que ofrecer. “Parásitos” no ha sido un caso aislado, sino el fruto de muchos años de trabajo y de apuesta por crear una industria capaz de crear productos internacionalmente exportables, atractivos y que sorprendan. Recomendar ficción surcoreana ya no es cosa de snobs, sino que se integra en las principales alternativas de consumo que tenemos en nuestras manos.
“Kingdom” es la primera serie surcoreana producida directamente por Netflix y fue una de las sorpresas del año pasado. Ambientada durante la dinastía Joseon en Corea (aproximadamente finales del siglo XIV, principios del XV), la serie combina una trama de pugna por el poder entre el príncipe heredero (Ji-Hoon Ju) y el líder del clan Cho y primer ministro del rey, Cho Hak Joo (Seung-ryong Ryu), quien pretende hacerse con el trono, con un apartado de terror, a medida que una plaga se extiende por la región y provoca un apocalipsis zombi. La primera temporada supuso una presentación de estas dos tramas y una huida hacía delante a medida que el protagonista, el príncipe Lee Chang, se iba cruzando con las hordas de infectados e intentaba ayudar a la población de la zona. En la segunda temporada, descubrimos más cosas sobre la plaga, pero toma mayor protagonismo el “juego de tronos”.
Basada en la serie de webcomic “The Kingdom of the Gods”, escrita por Kim Eun-hee (también autora de los guiones de la serie) y dibujada por Yang Kyung-il, los capítulos vienen firmados por Seong-hun Kim (los 7 primeros episodios) y In-je Park (los 5 restantes), dos cineastas de cortas trayectoria, pero a los que los resultados de esta serie sin duda les albergarán un mejor posicionamiento dentro de la industria de su país y a nivel internacional. Ambos directores le dan a la serie un empaque espectacular, con extraordinarias escenas de batalla o de persecución por la horda. No se escatima la violencia en pantalla, con altos niveles de violencia y gore, lo que sin duda hará las delicias a los amantes del género. El empaque general es lujoso, con un excelente uso de las localizaciones, que hacen también que el visionado de la serie nos ayude a descubrir parajes espectaculares, sin que la belleza paisajística edulcore la dureza de la propuesta. El diseño de producción es excepcional, no sólo en la espléndida labor de caracterización de los personajes o el diseño de vestuario (los lujosos trajes de la realeza, la forma en que cada estrato social está definido por su atuendo), sino también lo correspondiente al trabajo de maquillaje para preparar a las numerosas hordas de infectados que atacan a los protagonistas.
A nivel de guion, se establecen diferentes líneas argumentales que van confluyendo poco a poco, y si bien a priori puede despistar un poco al espectador situar quién es quién, lo cierto es que a medida que van uniendo las tramas, el desarrollo va resultando más sencillo y orgánico. Resulta apasionante ver de qué manera la sociedad feudal coreana estaba jerarquizada y cómo con la llegada de la plaga muchos intentan seguir adheridos a sus privilegios, sin darse cuenta de que la enfermedad lo ha cambiado todo (una lección que podemos extrapolar a nuestra situación actual). A lo largo de los 12 episodios que ya están disponibles, nos encontramos con giros de guion sorprendentes, algunos de una crudeza atroz, aunque delimitando siempre una clara diferenciación entre héroes y villanos. Si la honorabilidad del príncipe Lee Chang es incorruptible, también es irrefrenable la vileza del clan Cho, dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias su sed de poder. En medio de este enfrentamiento encontramos personajes carismáticos y atractivos, como la doctora Seo Bi (Doona Bae) o el aguerrido Young Shin (Kim Sungkyu), pero particularmente destacamos el guarda real Moo Young (Sang-ho Kim) y el magistrado Cho Beom Pal (Suk-ho Jun), los dos personajes más entrañables, con mayor dimensión psicológica y desarrollo de la serie.
Con estas dos primeras temporadas, “Kingdom” se aposenta como una de las series fantásticas del momento y un acercamiento refrescante a la temática zombi. A la espera de ver por dónde evoluciona la historia en la tercera temporada, lo cierto es que estas dos primeras pueden ser vistas casi como un cierre en sí mismas, con un resultado apasionante y una cuidada factura.

martes, 24 de marzo de 2020

“SPENSER CONFIDENTIAL”. VIEJA ESCUELA

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Desde que coincidieran en 2013 con “El último Superviviente”, Mark Wahlberg y Peter Berg han hecho buenas migas y ya han hecho juntos un total de cinco películas juntos. “Spenser Confidential” es la última hasta la fecha y ha entrado directamente en la programación de NETFLIX. Resulta llamativo que ambos hayan querido resucitar al personaje literario creado por Robert B. Parker en 1973 y que ya inspiró una serie de televisión protagonizada por Robert Urich en la segunda mitad de la década de los 80.
Viendo la película, da la impresión de estar ante dos productos distintos, dependiendo de si la escena está pensada para el lucimiento de Mark Wahlberg o para el desarrollo de la historia, con resultados distintos dependiendo del caso. En el primer grupo podemos meter aquellos momentos en los que Wahlberg se mantiene en su zona de confort de personajes agresivos y de moral íntegra, aunque eso en ocasiones pueda llevarle al otro lado de la ley o incluso a quitarse la camisa y mostrar torso por “exigencias” del guion. El actor cumple y poco más, pasando de registros serios a paródicos sin demasiado filtro. En contraste con esto tenemos la presencia de secundarios como Winston Duke, Alan Arkin, Iliza Shlesinger o Bokeem Woodbine y los personajes que interpretan, que si bien se mueven en el terreno del arquetipo, sí nos resultan bastante mejor construidos que el héroe.
En el otro grupo, por lo tanto, tenemos todo aquellos que se desarrolla alrededor del protagonista. Bebiendo de la tradición hardcore del policiaco, la cinta cuenta con una narración seca y contundente por parte de Peter Berg y un interesante conjunto de personajes secundarios. Es ahí cuando nos damos cuenta de que no se trata de la típica comedia de acción a la que nos tiene acostumbrado el actor. El director se aleja de aquella época en la que imitaba a Michael Bay (¿recuerdan “Battleship” o aún están intentaod olvidarla?).  “Spenser Confidential” no recurre a los montajes atropellados y la sucesión de explosiones y efectos visuales, si no que se ajusta a aquel actioner que cineastas como Walter Hill definieron en la década de los 80 (aunque el modelo siga siendo aún muy superior a este discípulo). En esto juega un papel fundamental un guion en el que recuperamos al escritor Brian Helgeland (“L.A. Confidential”, “Mystic River”), quien se desenvuelve con soltura en los ambientes criminales y le da a la historia el tono adecuado. Frente a algún que otro chiste simplón para lucimiento de Wahlberg, la cinta se caracteriza más por un humor cínico y afilado, y por una escenificación de la violencia sin cortapisas, con incluso alguna concesión al gore. 
Como película “Spenser Confidential” mantiene el tipo y resulta entretenida, sobre todo por su carácter anacrónico y lo inesperado de la propuesta. Si la apuesta funciona y Berg y Wahlberg deciden seguir apostando por el personaje, esperamos que lo hagan para afinar asperezas y cumplir las ambiciones marcadas aquí, aunque mucho tememos que acabarán reforzando la parte más endeble y simplona de la película, que es, al fin y al cabo, su estrella. 

lunes, 23 de marzo de 2020

“PRETTY WOMAN”. CENICIENTA NO MUERDE EL POLVO.

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La Cenicienta de Hollywood cumple 30 años. El 23 de marzo de 1990 se estrenaba en Estados Unidos “Pretty Woman”, una comedia romántica protagonizada por Richard Gere y Julia Roberts (como si no lo supieran ya) y dirigida por Garry Marshall. A España tardó meses en llegar, el 10 de octubre, y lo hizo ya con una estela de gran éxito de taquilla. Con un presupuesto de 14 millones de dólares, logró una recaudación mundial de más de 463 millones, sin contar con lo recaudado con las ediciones domésticas o sus múltiples pases en televisión (por poner un ejemplo, la comedia de moda un año antes fue “Cuando Harry Encontró a Sally”, que costó 16 millones y recaudó 93 millones). A día de hoy sigue siendo una película tremendamente popular y un éxito de audiencia cada vez que se programa en un canal de televisión. Richard Gere y Julia Roberts sólo han rodado hasta la fecha dos películas juntos y la segunda fue un desastre. A pesar de esto, su química en “Pretty Woman” les ha colocado dentro del catálogo más exquisito de grandes parejas cinematográficas. 
La comparativa con “Cuando Harry Encontró a Sally” no es gratuita. Ambas películas fueron las responsables de la moda de la comedia romántica de la década de los 90, y sus protagonistas femeninas se convirtieron en las actrices mejores pagadas de Hollywood gracias a estos papeles, uniéndoseles más tarde otros rostros a la saga como Sandra Bullock (quien, curiosidades de la vida, fue uno de los nombres barajados para interpretar a Vivian Ward). Julia Roberts llegó a la película siendo casi una desconocida, a pesar de contar ya con una candidatura a los Oscars por “Magnolias de Acero” (la única conseguida por una película que contaba con actrices de renombre, oscarizadas y oscarizables, como Sally Field, Shirley MacLaine u Olympia Dukakis). Roberts no se llevó el Oscar en la ceremonia que se celebró el 26 de marzo de 1990 (ganó Brenda Fricker por “Mi Pie Izquierdo”), pero en aquel momento los primeros datos de recaudación de “Pretty Woman” compensaban de sobra la desilusión.
Richard Gere, por otro lado, era el rostro conocido de la película. Galán en su juventud gracias a papeles como “Oficial y Caballero” y con predilección por los roles provocadores como “American Gigolo” o “Sin Aliento”, su carrera había perdido fuelle tras apostar por trabajos, como “Días de Cielo” y “Cotton Club”, con los que pretendía liberarse de su imagen de sex symbol y demostrar que era un actor con diferentes registros. Cuando le ofrecieron “Pretty Woman” llevaba dos años sin rodar una película y si bien la anterior, “Asuntos Sucios”, había funcionado bien y había reactivado su imagen de galán con un lado turbio, lo cierto es que seguía necesitando un gran taquillazo que lanzara de nuevo su posición en Hollywood. Aún así, estuvo a punto de rechazar el papel, pese a que desde su primera prueba juntos, él y Julia Roberts irradiaban esa química que toda gran película romántica necesita. Fue una nota de la actriz rogándole que aceptara el papel lo que le hizo decidirse.
El guion venía firmado por J.F. Lawton, cuyo único libreto anterior había dirigido él mismo y tenía el título de “Las Mujeres Caníbales de la Selva del Aguacate” (sic). Posteriormente sería el autor de los guiones de “Alerta Máxima”, “Reacción en Cadena” o la adaptación del videojuego “DOA: Dead or Alive”, tres productos muy alejados de la película que le situó en el mapa de Hollywood y que, a buen seguro, a día de hoy le sigue dando buenos dividendos. La primera versión de “Pretty Woman” (en aquel momento titulada “3.000”) era un tanto distinta de la que vimos en la pantalla. La situación de los personajes era más cruda y la crítica a la sociedad neoliberal estadounidense más feroz. En ella, por ejemplo, Vivian, además de prostituta, era cocainómana, al igual que su amiga Kit, quien fallecía víctima de las drogas al final de la película. 
Esto cambió al caer el guion en manos de Garry Marshal, un veterano del cine y la televisión, experimentado en la comedia y que, pese a que el punto de partida de la película podía parecer un tanto sórdido (la relación entre una prostituta y un multimillonario que la contrata para pasar unos días con él), el cineasta era consciente de que, para que la película fuera un éxito, debía optar por una vía más blanca e inocente, a modo de cuento de hadas moderno. Se mantuvo el mensaje crítico con el capitalismo feroz que representan Edward Lewis y Philip Stuckey (Jason Alexander), pero se potenció la historia de amor y lujo y la amable redención de ambos personajes (ella reconvertida, a modo de “Pigmalión” en una mujer culta y sofisticada, y él en un empresario que era capaz de aportar algo a la sociedad en lugar de destruir y devorar como un animal carroñero). 
Para que el cuento funcione, Marshal sabía que debía decorar la historia con grandes personajes secundarios, interpretados por actores de carisma, de ahí la presencia de veteranos como Ralph Bellamy como el empresario James Morse (en la que sería su última película antes de fallecer el 22 de noviembre de 1991) o Hector Elizondo como el director del hotel (actor fetiche de Marshall, han trabajado juntos hasta la fecha en 19 películas, además de episodios de series de tv como “Murphy Brown”). Marshall consiguió aquí su más afinado sentido del gag, consiguiendo que varias secuencias de la película se hayan convertido en antológicas, en especial, el momento de Edward y Vivian en la tienda de ropa.
Otro ingrediente irresistible de la película es su banda sonora. Si bien la partitura original de James Newton Howard (sencilla, elegante y amable) pasa bastante desapercibida, la selección de canciones funciona de maravilla con las imágenes, además de haber convertido al álbum en uno de los grandes éxitos de ventas en las tiendas de discos. Temas como “Fame 90” de David Bowie, “Real Wild Child (Wild One)” de Christopher Otcasek, “Will Woman Do” de Natalie Cole, “It Must Have Been Love” de Roxette son indisolubles de las imágenes. A esto hay que añadir las referencias clásicas. No es casual que los protagonistas vayan a la ópera a ver “La Traviata” (que cuenta la historia de amor entre una cortesana y un hombre adinerado). Por otro lado, “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi están también muy presentes en la película. Sin embargo, como es lógico, si hay una canción que resalta por encima de todas las demás es “Pretty Woman” de Roy Orbison. La selección de esta canción motivó el (afortunado) cambio de título y tiene un momento de lucimiento especial cuando, después de haber culminado con éxito su paseo por las tiendas de Rodeo Drive, vemos a la protagonista ya por fin convertida en ese personaje sofisticado que estaba llamada a ser.
“Pretty Woman” no pretendía ser una historia verosímil o realista. Si en algún momento lo fue, correspondía a la idea inicial de J.F. Lawton. La intención en todo momento fue crear una historia amable, divertida, elegante y que emocionara al espectador. Conseguir que el público se enamorara de unos personajes como Vivian y Edward no era sencillo, pero lo consiguieron. 30 años después, la película sigue manteniendo su encanto, su ingenio y su magia. 

domingo, 22 de marzo de 2020

“EL HOYO”. TODOS SOMOS CARACOLES.

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Conceptualmente, “El Hoyo” recuerda al debut de Vincenzo Natali allá por 1997 con “Cube”. Ambos son títulos rodados con muy bajo presupuesto, basados en la claustrofobia y la confrontación de un conjunto de personas encerradas en un espacio reducido, y donde toda la historia se rodó en un decorado único, pero haciéndolo pasar por distintas habitaciones. Este segundo largometraje de Galder Gaztelu-Urrutia adopta la apariencia de distopía futurista para convertirse en una metáfora de nuestra sociedad actual y lo que supone la distribución de la riqueza en el mundo. Su mirada hacia la brutalidad, el egoísmo y la zafiedad del ser humano es implacable. Su puesta en escena es feísta, desagradable y hasta obscena, en ocasiones. Desde luego, no es una propuesta para estómagos aprensivos. Gaztelu-Urrutia escenifica todo tipo de procesos fisiológicos, de manera cruda y sin paños calientes, desproveyendo y degradando el arte de la gastronomía, especialmente a medida que se va bajando de nivel, hasta convertirlo en deshechos. Lo mismo podemos decir de los personajes, empezando por el protagonista. Todo atisbo de civilización y humanidad se va perdiendo, cayendo en el primitivismo y el esperpento. No quedan mucho espacio para la esperanza y la positividad. Los intentos de raciocinio y civilización quedan sepultados y masacrados ante una visión esquizofrénica de los personajes. Para ello, el director deposita mucha confianza en sus actores, quienes, pese a que la atmósfera se prestaba a caer en la teatralidad, logran bordear esa posibilidad, al mismo tiempo que afrontan con entereza situaciones donde deben exponerse emocional y físicamente de formas muy poco embellecedoras. “El Hoyo” es una propuesta arriesgada que, afortunadamente, desemboca en buen término, aunque ello suponga dejar por el camino a un público acostumbrado a propuestas más complacientes.    

viernes, 20 de marzo de 2020

“RON HOPPER’S MISFORTUNE”.

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Tras “El Clan” y “Bunker: Project 12”, el director Jaime Falero ha presentado su tercer largometraje, “Ron Hopper’s Misfortune”, al igual que el anterior con reparto internacional y rodado en inglés para su distribución en el extranjero. La cinta ha esquivado el circuito comercial tradicional y se encuentra disponible a través de las plataformas Amazon Prime y Apple TV. “Ron Hopper’s Misfortune” supone un cambio con respecto a la ficción anterior de Falero. Si bien ya “Bunker. Project 12” introducía componentes fantásticos en la trama, aquí nos encontramos directamente con una película de carácter metafísico que, sin perder parte de la firma de su director, opta por una línea más intimista y filosófica, con abundantes referencias mitológicas, literarias y cinematográficas (por mencionar algunos de los ecos que nos vinieron a la cabeza durante el visionado tenemos “Drácula de Bram Stocker”, “El Séptimo Sello”, “El Corazón del Ángel”, “El Fantasma de la Ópera”, “Los Inmortales”, “La Bella y La Bestia” o “Lady Halcón”).  
Protagonizada por Vinnie Jones y Alyssa Lozovskaya, la cinta nos presenta el encuentro entre dos misteriosos personajes que poco a poco irán desvelando su pasado y el vínculo que les une. Jones, que arrastra desde su época de futbolista una imagen ruda y violenta, se enfrenta aquí, hasta donde nosotros recordamos y conocemos de su filmografía, a su personaje más introspectivo, sacando Falero de él unos registros dramáticos y una presencia en pantalla inesperados. Lozovskaya, por su parte, de trayectoria más corta y desconocida por el público general, tiene en sus manos un personaje de aspecto inocente, atrapado en un mundo amenazador para ella, aunque las apariencias pueden engañar. Aunque ambos roles tienen el mismo peso de protagonismo, hay que decir que las tablas se notan, y, frente a Jones, a la joven actriz rusa le cuesta raspar más allá de la superficie de un personaje que tiene diversas capas. 
La mayor parte de la película se desarrolla en el espacio de una casa, ese lugar en el que habita el misterioso “Ron Hopper”, un espacio abarrotado de elementos del pasado, en el que una capa de polvo cubre todas las reliquias. A lo largo de la película hay un continuo juego de espejos, donde el reflejo de los personajes les da un carácter espectral, al mismo tiempo de cuestionar si lo que vemos es el verdadero rostro de ambos. En este sentido, la casa se convierte en una extensión del propio protagonista, resultando igual de siniestra, pero al mismo tiempo también seductora, intrigando al personaje de Sarah de la misma manera que al espectador sobre el origen de los secretos que guarda. Precisamente, es el tiempo en el que los personajes permanecen juntos en la casa cuando la película alcanza sus mejores momentos.
Existen dos subtramas a modo de flashbacks que completan la narración. La ambientada en la Edad Media, a pesar de la modestia de medios de la película, consigue un empaque excelente, con un juego de composición y fotografía en el que identificamos ecos del cine histórico de Bergman, los giallos de Argento o el “Dracula de Bram Stocker” de Francis Ford Coppola. La segunda trama, de carga noir nos resultó más plana y un tanto precipitada, aunque la idea permanece y contiene algunas imágenes muy poderosas. Ésta y el extenso epílogo hacen que, tras una primera hora atractiva y sugerente, la cinta pierda fuelle en el tercio final.  
Hasta ahora, Jaime Falero se había caracterizado como un director con un sentido visual contundente, con gusto por los planos y los movimientos de cámara expresivos y un gusto casi fetichista por los detalles de la escena. En este sentido, “Ron Hopper’s Misfortune” no se queda corta. El trasfondo metafísico de la historia da pie a componer planos de fuerte carga simbólica, ya sea por el valor metafórico de los objetos que van desfilando por la pantalla, como por la forma en la que el director juega con el valor alegórico de los personajes, prueba de ello es el partido que le saca a la pétrea figura de Vinnie Jones en pantalla. A esto ayuda especialmente también la partitura musical de carga operística de Iván Palomares. Sin embargo, sin desatender esto, el peso de la narración cae más en el diálogo. Las conversaciones del personaje de Ron Hopper con Sarah, sobre todo en la primera mitad de la película, parecen ser un discurso directo del director a su audiencia. Hay un diálogo, ya sea directo o en off, continuo a lo largo de la película, lo que contribuye al tono fabulador de la cinta.
“Ron Hopper’s Misfortune” es una apuesta arriesgada, que se balacea en el límite de lo teatral y el absurdo, consiguiendo en su mayor parte desfilar con elegancia por la cuerda floja. Sí es cierto que toda la parte concerniente al personaje de Ron Hopper y a la presencia en pantalla de Vinnie Jones sale más robustecido que en lo equivalente a Sarah y Alyssa Lozovskaya, de ahí que, precisamente, la parte final de la cinta nos resulte más endeble. En cualquier caso, nos ha parecido una cinta diferente, atrevida e interesante, que atrapa al espectador y lo mantiene atento a la pantalla durante su hora y media de duración.   


martes, 17 de marzo de 2020

MAX VON SYDOW. DUREZA Y FRAGILIDAD

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En 1960, Max Von Sydow e Ingmar Bergman nos ofrecieron “El Manantial de la Doncella”, cinta basada en una antigua leyenda medieval sueca y en la que un señor feudal tomaba venganza de un grupo de hombres que habían violado y matado a su hija. Este argumento, que hoy en día perfectamente daría para una película protagonizada por Liam Neeson y que, desgraciadamente, deja en evidencia a una sociedad donde las violaciones en manada siguen estando a la orden del día y encabezando las principales noticias, se convirtió en el lanzamiento internacional definitivo tanto para el cineasta como para el actor sueco, quien, por designios del destino, falleció el pasado 8 de marzo mientras en diferentes partes del mundo tenían lugar manifestaciones denunciando, entre otras cosas, la violencia hacia las mujeres.
Max Von Sydow participó en un total de 11 películas dirigidas por Bergman, entre las que se encontraban también “El Séptimo Sello”, “Fresas Salvajes”, “Como en un Espejo” o “La Hora del Lobo”. Este vínculo se extendió también a la relación del actor con Bille August, discípulo de Bergman, para el que trabajó en “Pelle El Conquistador” (por la que fue candidato al Oscar) y “Las Mejores Intenciones”, está última con libreto del mentor y con la que se desquitaba la pena de no haber participado en “Fanny y Alexander” por un desacuerdo en lo económico.
Bergman buscaba personajes dañados por sus relaciones familiares y por sus creencias, en pleno momento de crisis interior y encontró en el imponente físico de Sydow la encarnación perfecta de esta fragilidad. Ese momento de ruptura ejemplificado en el señor feudal convertido al cristianismo Per Töre o el cruzado del siglo 14 Antonius Block en su partida de ajedrez con La Muerte se extendería a lo largo de una carrera donde el actor interpretó a Jesucristo (en “La Historia Más Grande Jamás Contada”), al Padre Merrin (en “El Exorcista”) o al mismísimo Diablo en “La Tienda” de acuerdo a la novela homónima de Stephen King.
Como extranjero en Hollywood, le tocó encarnar varias veces el rol del villano, algo que con su 1.93 de estatura hacía con gran rotundidad en películas que no siempre estuvieron a la altura de su talento. Fue el Emperador Ming en “Flash Gordon”, Ernst Stavro Blofeld en “Nunca Digas Nunca Jamás” o Lamar Burgess en “Minority Report”. Estos roles que contrastan con otros más cercanos y emocionales como el que le supuso su segunda candidatura a los Oscars por “Tan fuerte, tan cerca”. En su madurez sumó muchos personajes pequeños pero que se engrandecían con su carisma, como el Rey Osric en “Conan el Bárbaro” o el Doctor Kynes en “Dune”. Su presencia en Canarias por el rodaje de “Intacto” a las órdenes de Juan Carlos Fresnadillo emparentó su presencia con el mismísimo Teide.
Trabajador incansable, en sus últimos años se unió a algunas franquicias populares como “Juego de Tronos” o “Star Wars”, y falleció a la edad de 90 años dejando aún una película en postproducción, “Ecos del Pasado”. Descanse en Paz, Max Von Sydow.

lunes, 16 de marzo de 2020

LA NEGACIÓN DEL OCIO


Ya el latín dejaba clara la separación de “ocio” y “negocio”, siendo la segunda la negación del primero, con los términos etimológicos “otium” y “nec-otium”. Distinguimos nuestro tiempo libre del trabajo, pero no debemos olvidar que para muchos su “negocio” es precisamente elaborar aquellos elementos que cubren nuestro “ocio”. Ahí entra de lleno la industria cultural. Cineastas, escritores, músicos, artistas de todo tipo enriquecen nuestro espíritu y nuestro intelecto con su trabajo y, en momentos como estos, donde la responsabilidad cívica nos lleva a resguardarnos en casa y evitar el contacto social, la cultura se convierte en nuestro mejor aliado para paliar los efectos del aislamiento. 
El cine, las series de televisión, la programación de entretenimiento, junto con otros campos, como la literatura o la música, se han convertido en una tabla de salvación, de ahí que muchas empresas del sector hayan desbloqueado parte de sus contenidos para que sean de acceso gratuito. De la misma manera hay artistas que, a través de internet y de las redes, están ofreciendo su talento para ayudar a los demás. La cultura y el ocio, a veces separadas, a veces de la mano, son elementos fundamentales de nuestra sociedad. No son componentes prescindibles o de lujo, sino que verterán y nos unen como sociedad. 
Ante esta crisis hay muchos profesionales de múltiples sectores que están dando la cara y ejerciendo una gran labor de responsabilidad social. No olvidemos que el sector del entretenimiento está entre ellos. No sabemos cuánto se va a poder alargar esta cuarentena, pero de la misma manera que se están haciendo esfuerzos para que no falten servicios sanitarios o abastecimiento en los establecimientos de alimentación, el sector cultural, cuya actividad pública se ha paralizado totalmente por la crisis de la pandemia, sigue llegando hasta nosotros a través de plataformas y dispositivos, haciendo más ligeras las consecuencias. 
Cuando esta crisis pase, la cultura, que siempre ha sido un sector débil, va a necesitar nuestro apoyo. Cuando se levante la cuarentena, no hagamos como los romanos y no le neguemos al “ocio” su “negocio”. Llenemos los espacios culturales. Devolvamos con responsabilidad social la labor prestada.