martes, 16 de febrero de 2016

“CREED. LA LEYENDA DE ROCKY”. VOLANDO ALTO UNA VEZ MÁS

Pocos personajes han tenido un vínculo tan estrecho y longevo con el actor que les interpreta como Rocky Balboa con Sylvester Stallone. El boxeador nació de la imaginación de aquel actor en ciernes que buscaba hacerse un hueco en la industria del cine como metáfora de su propia situación personal. Pero si Sylvester Stallone convirtió a Rocky en un icono del cine moderno, Rocky lanzó al estrellato la carrera de Stallone. Más tarde llegaría John Rambo, otro personaje decisivo en la carrera del actor y, gracias a estos dos referentes cinematográficos, pasó a convertirse en uno de los principales integrantes del llamado actioner de la década de los 80 y los 90. Es cierto que con la popularización de Stallone, el arraigo social de sus personajes fue perdiendo fuelle en favor de un carácter más comercial y estereotipado, de igual manera que su reputación como actor se derrumbó (no podemos decir que de manera inmerecida); sin embargo, ya fuera con estos dos iconos cinematográficos, como con otros personajes posteriores, la firma de la estrella se mantuvo y todos ellos conservaron algunas señas de identidad cercanas a la sensibilidad del actor: un individualismo romántico, un código de honor anacrónico, un carácter introspectivo y meditabundo, generalmente producto de algún trauma pasado y condenados a la violencia pese a su voluntad de llevar una vida discreta y tranquila. Algunos obtuvieron más éxito que otros, pero ninguno logró equipararse a la importancia de Rocky Balboa, ya sea a nivel profesional o emocional. Durante treinta años, Stallone regresó de manera recurrente a su personaje insignia y con cada entrega, bajo aquella pátina comercial, no sólo resituaba a Rocky con respecto a la sociedad que le rodeaba, sino que reflexionaba sobre su propia evolución personal y profesional. La última cita que habíamos tenido los espectadores con el boxeador fue en 2006, donde el tono crepuscular apuntaba ya a una despedida. Con esta entrega Stallone quiso resarcirse de errores anteriores y dar un final adecuado a su vínculo con el personaje. Para muchos (entre los que nos incluimos), lo consiguió y, a cambio, Rocky volvió a regalarle a Stallone un impulso a una carrera que ya parecía condenada tras demasiados fracasos. El regreso de Balboa con “Creed”, a priori, podía parecer arriesgado e innecesario, más producto de una operación comercial que porque realmente hubiese una historia que contar. El cierre de la saga había sido el adecuado y recuperar al personaje podría dejarle de nuevo huérfano de una despedida honorable. Tampoco la propuesta argumental parecía demasiado prometedora. Rocky reconvertido en entrenador del hijo de Apollo Creed nos traía a la memoria aquella fallida “Rocky V”; sin embargo, este spin off ha logrado triunfar allí donde la quinta entrega fracasó, no sólo ofreciendo un emotivo tributo a la cinta original de 1976, sino aportando, desde esa perspectiva nostálgica, una visión moderna de la historia y recuperando las mejores cualidades interpretativas de Sylvester Stallone.
A nivel argumental, “Creed” no se distancia mucho de la cinta original, hasta el punto de que la línea entre spin off y reboot resulta difusa. Como sucediera con “Star Wars. Episodio VII. El Despertar de la Fuerza” parece que la nostalgia en Hollywood debe llevar acarreada cierta reiteración de esquemas y argumentos, aunque también es cierto que todas las entregas de Rocky mantuvieron un patrón argumental similar, y si bien las condiciones vitales de Adonis Creed son diferentes a las de aquel Rocky Balboa primigenio, esta repetición de moldes acaba resultando positiva a la hora de establecer esa conexión emocional entre boxeador y entrenador. A priori, podemos ver que existe un abismo social que separa ambos personajes. Rocky era alguien sin futuro, lo que en terminología anglosajona se conoce como “White Trash” (basura blanca). Sin dinero, sin estudios, cuyo único ingreso económico lo obtenía como matón de un mafioso de medio pelo, encuentra en el boxeo la manera de superar sus condicionamientos sociales y demostrar que es un campeón. Adonis, por su parte, tiene un estilo de vida diferente. Aunque fruto de una relación adúltera y avocado en sus primeros años a una vida de delincuencia, ha crecido en un hogar opulento, tiene una educación superior, un trabajo con perspectivas de futuro, sin embargo, la sangre llama y su destino está en el ring. Paradójicamente, para cumplir su sueño debe afrontar un importante obstáculo social. El boxeo no es un deporte de niños ricos, sino de gente como Rocky que debe pelear para sobrevivir, por lo que sufre una discriminación inversa. Curiosamente, esta diferencia social, lejos de distanciar a los dos protagonistas, les sitúa en un escenario similar, donde deben superar los prejuicios de los demás para validar su puesto en el ring.
Michael B. Jordan tenía aquí el reto de no sólo tomar el testigo de Sylvester Stallone como protagonista, sino también el de Carl Waethers, el Apollo Creed original, y lo hace con talento, esfuerzo y carisma. Físicamente responde a la perfección al nombre de su personaje. Con una musculatura que parece tallada en mármol, el actor cubre a la perfección los desafíos físicos que demandaba el papel, dosificando además esa evolución de Adonis a medida que va progresando con el entrenamiento. Sin embargo, no se queda simplemente ahí, sino que dota al personaje de un quebradizo mundo interior. Jordan logra interiorizar los conflictos que definen al protagonista (su ansías por boxear, su necesidad de estar a la altura de su legado, pero también su búsqueda de una identidad propia, lejos de la sombra de su padre), al mismo tiempo que comparte una espléndida química con Sylvester Stallone. Éste, por su parte, cede elegantemente todo el protagonismo a Jordan, no buscando en ningún momento hacerle sombra con su presencia en pantalla, pero al mismo tiempo demostrando el gran cariño que tiene hacia su personaje. En esta película tenemos una visión diferente de Rocky de la que ya conocíamos. Sigue siendo un personaje noble y luchador, pero sus años de boxeador han quedado atrás. Es la primera vez que gran parte del peso del personaje no recae en el componente físico (de hecho, se ha tenido que llevar a cabo un trabajo de caracterización del actor para envejecerle y disimular su musculatura bajo capas de ropa), sino que Stallone debe construir a su personaje por completo desde el interior. Afortunadamente, no se trata de un personaje cualquiera, sino de Rocky Balboa, y la interpretación se alimenta de esa extensa tradición que durante cuarenta años se ha ido estrechando entre ambos. Lo que vemos es pantalla no es sólo una interpretación, sino el recorrido de actor y personaje que aquí llega a su punto crepuscular, un componente emocional en el que el espectador se ve también irremediablemente inmerso y cómplice.
    Una de las principales diferencias con respecto al “Rocky” original está en la historia de amor o, más concretamente, en el perfil del personaje femenino. Mientras que Adrian era un personaje frágil, inseguro, que no creía ser merecedora del cariño de nadie, Bianca es todo lo contrario. Es un personaje moderno, independiente, luchador, que afronta con entereza los obstáculos que le ha puesto la vida y que, al igual que Adonis, está dispuesta a cumplir sus sueños. Tessa Thompson le aporta esa entereza y determinación, además de una sensualidad que se hace especialmente patente a través de su relación con la música. Para interpretar a los diferentes contrincantes a los que se enfrenta Adonis, se ha escogido a verdaderos boxeadores, sin experiencia interpretativa previa. Esto fue algo que ya intentó Stallone, sin éxito, en “Rocky V” con Tommy Morrison. Es cierto que esto aporta verismo en las escenas de combate y que cada uno de ellos exuda amenaza física con la mirada, sin embargo, estamos acostumbrados por las películas anteriores a que los contrincantes de Rocky muestren también un físico musculado, bien definido y fibroso, mientras que aquí Tony Bellew, con una importante carrera deportiva en Reino Unido se evidencia bajo de forma en comparación con Michael B. Jordan.
Si bien ha contado con Sylvester Stallone en el apartado interpretativo, “Creed” es la primera película de Rocky donde la estrella no ha controlado el proceso creativo. Por primera vez no firma el guion y cede la dirección a Ryan Coogler, algo que sólo había sucedido con John G. Avildsen en la primera y quinta entrega. A pesar de esto, la cinta se integra perfectamente a la saga. Coogler devuelve el carácter urbano inicial a la película, su descripción del carácter marginal de los personajes y las zonas más empobrecidas de Philadelphia, aunque en este caso, no centrándolo tanto en la comunidad italiana, sino en la afroamericana, donde no sólo el boxeo, sino también la música o las carreras callejeras marcan el devenir de sus habitantes. Sí le podemos achacar al guion una estructura demasiado episódica, con el protagonista quemando etapas rápidamente en favor del crescendo dramático de la trama, pero que va dejando elementos atrás sin terminar de cerrar algunos hilos. La puesta en escena de Coogler es fresca, dinámica y moderna, aunque se conceda algunos tributos a Avildsen y la herencia de la saga. Por lo general, el director se muestra bastante comedido, no cargando las tintas en las escenas más dramáticas, sólo cayendo en una ocasión en el exceso (ese guiño a una de las secuencias más recordadas de “Rocky”, aquí aderezada con una, a nuestro parecer, un tanto desproporcionada incursión de motocicletas). En lo que se refiere a los combates, Coogler ofrece un trabajo excepcional, planificando cada pelea de manera diferente, jugando con la cámara para dar fuerza y dinamismo a los enfrentamientos, e introduciendo al espectador en medio de los golpes. En este sentido el uso del (trucado) plano secuencia en la pelea contra Sportino es de un gran virtuosismo, mientras que el combate final contra Conlan supone unos intensos y emocionantes 20 minutos que merecen situarse con honor en la tradición de la saga.  
La música de esta entrega corre a cargo de Ludwig Goransson, un joven compositor de origen sueco, con una larga experiencia sobre todo en televisión, y que ha llegado a la saga gracias a su relación anterior con Ryan Coogler. Para Goransson, recoger el testigo de Bill Conti tampoco era tarea fácil. El leitmotiv de “Rocky” es uno de los temas universales del cine, y la partitura original estaba plagada de temas excepcionales que definían perfectamente a los personajes. Para esta nueva entrega, el compositor busca crear un trabajo original, pero que beba del ADN de la música de Conti. Para ello crea el tema de Creed, “Fighting Hard”, que es un claro homenaje a aquel “Flying High”, aunque para el resto de la partitura el músico adopta una influencia del hip hop que se extiende también al uso de las canciones. Ahí Goransson hace también su propia aportación, componiendo las canciones de Briana, en especial “Breathe”, que ejerce de tema de amor de la película. La principal diferencia entre Goransson y Conti está, sin embargo, en el empleo del tema principal. Mientras que Conti evitaba desplegar el tema principal hasta que el personaje estaba listo para representarlo, Goransson tiene que someterse al esquema actual de la música para el cine, menos paciente y que necesita que la partitura defina de manera más inmediata al protagonista. A partir de ahí, el leitmotiv se vuelve recurrente, fluctuando entre versiones más intimistas y otras más épicas, pero dominando en todo momento el discurso musical. Afortunadamente es un tema emocionante y retentivo, sin embargo, su uso en la película acaba resultado excesivo.

“Creed. La Leyenda de Rocky” se salda como una muy loable incorporación a la saga, impactante, emotiva, con un excelente trabajo actoral y de puesta en escena. Imperfecta en algunos puntos y, demasiado deudora de la cinta original, pero al final, especialmente para los seguidores de la saga y de Sylvester Stallone, se convierte en un regocijo emocional y nostálgico de primer orden. 

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