miércoles, 5 de octubre de 2011

“STROMBOLI. TIERRA DE DIOS”. BAJO EL VOLCÁN.

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INTRODUCCIÓN
Los recientes acontecimientos que han tenido lugar en la isla de El Hierro nos han recordado la belleza, pero también la amenaza que acompaña a los que vivimos en terreno volcánico, algo que también supo describir magistralmente Roberto Rossellini en la bellísima película “Stromboli. Tierra de Dios”. Tras completar su trilogía neorrealista, el maestro del cine italiano ofreció una cinta cargada de simbolismo, donde las costumbres de un pequeño pueblo pesquero italiano trascienden lo físico y abrupto de una realidad para reflexionar sobre los cambios que se estaban produciendo en Europa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
ROBERTO ROSSELLINI E INGRID BERGMAN
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Tras el camino abierto en 1943 por "Cuatro Pasos por las Nubes" de Alessandro Blasetti y “Obsesión” de Luchino Visconti, las características del neorrealismo italiano quedó finalmente asentadas en 1945 con el estreno de “Roma Ciudad Abierta”, una película que retrataba la destrucción de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial, utilizando para ello las ruinas dejadas por el fascismo italiano. La contundencia de estas películas y las dos que siguieron en la filmografía del director, “Camarada (Paisà)” y “Alemania. Año Cero” dejaron registro de una realidad apocalíptica y la lucha de un pueblo por resurgir de las cenizas, reconstruyendo no sólo la ciudad desde los escombros, sino también el ánimo de una sociedad que había visto lo peor de sí. En 1948, el cineasta recibió una carta en la que decía lo siguiente: “Estimado señor: vi sus películas “Roma. Ciudad abierta” y “Paisà”, que me gustaron muchísimo. Si necesita a una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no es muy comprensible en francés y que en italiano sólo sabe decir ‘ti amo’, estoy lista para ir a hacer una película con usted”. La firmante de esta carta era Ingrid Bergman, una de las principales estrellas del cine de Hollywood y considerada una de las mujeres más bellas del firmamento cinematográfico. En aquel momento la actriz tenía ya en su haber títulos como “Intermezzo”, “Casablanca”, “Por Quién Doblan las Campanas”, “Luz que Agoniza”, “Recuerda”, “Encadenados” o “Juana de Arco”, pero estaba dispuesta a abandonar todo el glamour y la fama que le proporcionaba la Meca del Cine para regresar a un tipo de películas enraizado en la realidad.
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“Stromboli. Tierra de Dios” era un proyecto que Rossellini había escrito para la que había sido su musa desde “Roma Ciudad Abierta”, Anna Magnani, sin embargo decidió cambiar de protagonista y llevar a la estrella de Hollywood a una tierra accidentada, marcada por el fuego, para rodar una historia de renacimiento. Poco iban a imaginar ambos que aquella película iba a tener varios puntos de confluencia con su experiencia personal y que esos juicios morales a los que se veía sometida la protagonista de su película iban a recaer también sobre ellos. La relación entre la actriz y el director trascendió lo profesional y se convirtió en una apasionada historia de amor, desatando las iras de la conservadora sociedad italiana y estadounidense por el carácter público y adúltero de su relación. Bergman fue la más perjudicada, ya que vio cómo era vetada por los Grandes Estudios de Hollywood, sin embargo, ambos supieron sobreponerse las acusaciones y las críticas. Se casaron, tuvieron 3 hijos (entre ellos la también actriz Isabella Rossellini) y rodaron juntos un total de 6 películas entre 1950 y 1954 (a “Stromboli” le siguieron “Europa‘51”, “Siamo Donne”, “Te Querré Siempre”, “Ya no Creo en el Amor” y “Juana de Arco”) antes de divorciarse en 1957. Durante este primer lustro de la década, la actriz estuvo desterrada en Europa, aunque eso le permitió trabajar no sólo a las órdenes de Rossellini, sino también de Jean Renoir en “Elena y los Hombres”. En 1956 pudo regresar a Estados Unidos donde rodó películas como “Anastasia” o “Indiscreta”, reconciliándose así son la industria, sin embargo, su carrera estaba ya herida de muerte y no llegó a recuperar el prestigio de antaño.
STROMBOLI, LA TIERRA SIN TIEMPO
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Fiel a los postulados neorrealistas, una importante parte del elenco de “Stromboli. Tierra de Dios” estaba formado por actores no profesionales y la película se rodó en espacios naturales, desplazando Rossellini a todo su equipo a esta pequeña isla del mar de Tirreno, cuyo volcán permanece activo, expulsando fuego y lava cada 20 minutos. Pese a las duras condiciones del rodaje (las mismas que atraviesan los personajes en pantalla), la producción se vio beneficiada por una auténtica erupción del volcán, dando mayor impacto a una de las secuencias finales de la película. La isla de Estrómboli que nos presenta Roberto Rossellini es un espacio perdido en el tiempo, aislado de los terrores que ha sufrido Europa, pero que agoniza ante la marcha de sus habitantes a otros lugares que ofrezcan un futuro distinto a la vida rural y la pesca. Este estilo de vida es retratado con vocación documentalista por el cineasta, llegando a su culmen en la bellísima secuencia de la pesca del atún, una de las más definitorias de la película y de la sociedad de la isla.
La personalidad de las gentes de Estrómboli es casi una extensión de su orografía volcánica: hosca, seca, resistente, habituada a estilo de vida austero y sin grandes ornamentos, siempre a la espera de la siguiente destrucción que les obligue a reconstruir de nuevo sus casas y pertenencias. Algunos de sus jóvenes (como Antonio, el joven e ingenuo marido de la protagonista) han combatido en la guerra, viendo algo de mundo más allá del mar que bordea su pueblo natal, pero aparte de eso, en poco afecta los acontecimientos internacionales a la vida cotidiana de la isla. Incluso aquellos que han emigrado a América y han regresado lo hacen despojándose de aquello que les ha aportado la vida fuera de los dominios del volcán. Así, Estrómboli es un microcosmos en sí mismo (con su cura y su prostituta marcando los dos extremos de la jerarquía social) donde se conservan las costumbres y la cultura tradicional como herramienta de supervivencia.
KARIN O EUROPA TRAS LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
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La protagonista de la cinta es Karin, una mujer lituana, refugiada en un campo italiano tras el fin de la guerra, incapaz de regresar a una Europa en reconstrucción que ha dejado de ser el hogar que ella conoció. En este sentido, es una personificación de la Europa del momento, vaciada de su identidad y cuyos esfuerzos por recuperar el confort anterior son completamente estériles. Los intentos de Karin por obtener asilo en Argentina son infructuosos y ello le lleva a aceptar la propuesta de matrimonio de un ingenuo soldado italiano, Antonio, con quien viaja a su isla natal, Estrómboli. Karin se define a sí misma como una mujer culta, de clase acomodada, aunque también es cierto que otros personajes la presentan como una embustera y ella misma modifica su propia historia dependiendo de con quién hable y lo que quiera obtener de él. En este sentido, nuestra protagonista es una tabula rasa, a la que la guerra le ha extirpado todo su pasado y su futuro, teniendo que construir su presente día a día. Rossellini tampoco cae en el maniqueísmo de presentarla como una víctima o una incomprendida por esa sociedad en la que se ve recluida. Ella no es un dechado de virtudes. Su relación con Antonio se basa en el interés más que en el amor y su desprecio por la isla nada más llegar es percibido por sus habitantes, quienes a partir de ahí sentirán recelos hacia ella.
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Karin es una mujer moderna, educada en los cambios de liberalización de la mujer que se habían producido en la primera mitad del Siglo XX, que choca por completo con la sociedad conservadora y tradicionalista de la isla. La conducta de la protagonista resulta impúdica, escandalosa, egoísta y pecaminosa a los ojos de las otras mujeres del pueblo, de comportamiento y vestimenta más austero y riguroso. Sus intentos por hacer más agradable su estancia en la isla son entendidos como vanidad, su carácter abierto primero hacia María, la prostituta, y más tarde hacia el hombre del faro, despiertan las suspicacias de todo el pueblo, aunque, por otro lado, ella no duda en utilizar su sexualidad para intentar seducir a aquellos hombres que en un momento u otro pueden tener la llave de su libertad para escapar de la isla. Tras salir del campo de refugiados, Karin se siente prisionera de la áspera isla de Estrómboli. Sus esfuerzos por adaptarse al nuevo entorno son denegados por sus vecinos, su día a día se vuelve solitario por las desérticas calles de un pueblo que la evita y esa sensación de estar sacrificando su vida la atenaza cuando ve a Antonio cazar un conejo con un tejón y, más tarde, durante la pesca del atún. Estas dos acciones, tradicionales y necesarias en un lugar como la isla de Estrómboli, donde no hay muchas más posibilidades de llevar sustento a casa, son vistas como actos de salvajismo por la protagonista, quien no puede evitar sentirse identificada con las presas.
EN BUSCA DE DIOS
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Lo que nos presenta “Stromboli. Tierra de Dios” es un viaje hacia la iluminación por parte de una Europa que ha perdido la fe. Las duras experiencias sufridas durante la guerra inundaron el continente de un ánimo existencialista, que cuestionaba la misma idea de Dios, o denunciaba la crueldad de éste hacia el ser humano, permitiendo actos tan atroces como los que habían tenido lugar. Estrómboli se transforma así en una representación física de un dios aparentemente áspero, duro, que únicamente aporta sufrimiento y destrucción a sus adeptos. En el pueblo todos aceptan con reverencia esta situación y le dan las gracias a su Dios cuando éste es benévolo con ellos y les envía buena pesca. Sin embargo esa vida de penuria no está carente de belleza. Rossellini sabe captar el carácter sempiterno y majestuoso de esa tierra volcánica y contrapone la piedra quemada con la piel pálida de Ingrid Bergman, consiguiendo algunos de los planos más hermosos de la película.
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Karin no es tan devota como el resto de los habitantes del pueblo. Su vida le ha ido alejando de Dios (“Usted es tan despiadado como su Dios” le espeta al cura del pueblo, después de que éste rechace sus favores a cambio del dinero que necesita para salir de la isla) y su estancia en Estrómboli se convierte así en la expiación de sus pecados. En un último acto de rebeldía, asciende al volcán para llegar al otro extremo de la isla y allí buscar una barca con la que huir de su cautiverio en la isla. Es en este momento en el que la película abandona su carácter naturalista y entra de lleno en el terreno de la metafísica. En su peregrinación la protagonista se va despojando de todo su equipaje. Todos los elementos mundanos que se habían convertido en su tabla de salvación en el pueblo (sus vestidos, el dinero ahorrado) se vuelven pesos muertos que ya no puede sobrellevar, preparándola para su encuentro con Dios al llegar a la cumbre de la montaña. Al límite de sus fuerzas, Karin es consciente de sus propias faltas y en su desesperación reza implorando ayuda (“¡Dios, ayúdame, por favor! ¡Dame fuerzas, comprensión!, ¡dame valor!”).
CONCLUSIÓN
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Roberto Rossellini optó por dejar un final abierto en el que él mismo confesó años más tarde en una entrevista que no sabía cuál sería el devenir de su protagonista. La vida en Estrómboli continua, pero nosotros hemos sido testigos de un momento determinante en la existencia de nuestra heroína. El cineasta llevó a Karin hasta donde él quería, hasta ese momento de revelación mística, cualquier epílogo que continuara la historia a partir de ahí sólo hubiese conseguido simplificarla y limitar las opciones del espectador.
“Stromboli. Tierra de Dios” marcó también un punto de inflexión en la carrera de Roberto Rossellini. Si bien nunca se apartó de la realidad inmediata, a partir de esta película su mirada trascendió más allá de los patrones del neorrealismo, adquiriendo un enfoque más intimista e introspectivo, con destacados ejemplos como la maravillosa “Te Querré Siempre”, también protagonizada por Ingrid Bergman.
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